Herencia


Sucedió que todas las personas salieron al mismo tiempo de sus casas. Salieron armadas. Sólo dos niños no tomaron parte en la guerra que siguió. Carecían de arma y de casa.

Ahora son los únicos sobrevivientes. No extrañan a nadie porque la presencia ajena jamás sirvió de ayuda. Mantienen una actitud tranquila para evitar que el miedo los domine. Por el hambre no se preocupan, el hambre no es novedad.
Pronto van a lastimarse las manos hurgando entre los escombros, van a luchar con las ratas por un mendrugo de pan. Pero eso será luego, por el momento se comportan según sus costumbres: el mayor habla mientras la más pequeña presta atención.
—Esta tierra es nuestra —dice.
—Nuestra, nuestra… —afirma el eco.


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Publicado en la revista digital miNatura n° 120 (pg 31)
Dossier: Guerras futuras

También publicado en el blog La Esfera Cultural


Sed



Se mantuvo en su sitio durante más de quinientos años; echando raíces, creciendo.
Pero no más.
Mi ciudad ya no está.
Se fue. Llevándose las escuelas, las calles, las plazas; la peatonal; y los jacarandaes, y las campanas. Hasta ese río suyo, tan mañoso que a veces parecía manso. Hasta el río se llevó. Hasta la gente.
Aquí no hay nadie, nada.
Estoy yo. Con los ojos doloridos, los labios lastimados.
Yo, que ahora soy todo y todos. Puedo jugar, ser tanto la maestra como el alumno. El dependiente y el jefe, el policía el corrupto, el juez el ladrón. Podría ser el cínico diciendo “Estaba vieja, arterioesclerótica, entró a caminar sin rumbo y se perdió”.
O el ambientalista “El lago del que todos bebíamos, envenenado de orines, la volvió loca, entonces se marchó”.
 Siempre supuse que algo así ocurriría, por eso decidí no beber agua. No tocar el agua. Pienso que tuve razón, pienso que por eso permanezco.
No presto atención a las molestias. Ni siquiera me preocupo por la lengua, que está hinchada y ocupa toda la boca.  


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Publicado en
Breves no tan breves






Cercano y ajeno

"Cercano y ajeno",
 bitácora que edita la escritora Nedda González Núñez, 
ha tenido la gentiliza de publicarme una breve biografía y dos micros.

Gracias mil, Nedda!!!

Dejo aquí los enlaces para quien guste leer:


Montería


     Nuestra tragedia comenzó tres meses atrás, el día del santo patrono, cuando las jaurías aumentaron su ferocidad. Antes sólo debíamos cuidar a los niños,  dejarlos en la calle sin custodia era exponerlos a una amenaza fatal, pero ahora sólo los adultos jóvenes y sanos pueden aventurarse fuera de sus hogares, en grupo y armados. Llevamos noventa y cuatro días de un espanto al que nadie sabe cómo nombrar.  
     Nuestras bajas son numerosas, tanto por enfrentamiento directo como por el colapso del sistema: es difícil conseguir remedios y pronto comenzará a matarnos el hambre.    Nosotros también matamos, pero allí donde cae uno de ellos, parece que dos, cinco, diez, brotaran en su lugar.
     Los más viejos afirman que hubo un tiempo en que las dos especies convivimos en paz. Flaco consuelo nos ofrece el conocimiento.
     Este sitio nos ha debilitado hasta ponernos al borde del exterminio.  El enemigo, cada vez más numeroso, patrulla nuestras calles sin descanso.   

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Edición n° 120
Dossier: Guerras futuras
pg 53



 También publicado en la bitácora Breves no tan breves

Guerra


Una bala destinada al enemigo impacta por error en el vientre de la jirafa que se estremece y cae, presa de pánico y dolor, sobre las hierbas húmedas de la sabana.
El soldado que disparó el arma desaparece dentro de la  herida que provocó por accidente, herida que no ha manado sangre: agujero de bordes redondeados,   profundamente negro,  a través del cual, pronto, también desaparece otro soldado compañero del primero y el avión que les servía de apoyo.
La jirafa agoniza, el olor que exhala repele incluso a los carroñeros.

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Publicado en:




Antología heterogénea de poesía,
prosa poética, microrrelato y poesía visual

ALQUIMIA DE LA TIERRA

Edita:
Universidad de Huelva, Ediciones del lirio, GEO-LANDES 

Antologadores:
Santiago Aguaded Landero, Dante Medina, Sarah Schnabel

2013, pg 106




Para saber más sobre esta publicación, click acá



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También publicado en la bitácora Químicamente impuro

Aquel romance (artículo de opinión)



Para  leer "Aquel romance" en Arte Libertino Magazine, pulsar acá


 Él me introdujo al mundo Joan Manuel Serrat, por entonces, yo intentaba aprender a tocar el piano. Desde luego, cada apasionado por Serrat —somos millones— tiene sus temas favoritos. Nosotros dos teníamos tres, “Fiesta”, “Balada de Otoño” y “Romance De Curro El Palmo”. Como se recordará, esta última  canción cuenta que Curro es pobre. Un hombre muy pobre enamorado de una joven tan pobre como él, pero ella aspira unirse a alguien adinerado —propósito que logra a través de “un curapupas”, un médico con  más fortuna que ética con el que se marcha—. En este punto de la historia canta-cuenta Serrat: “Buscando el olvido se dio a la bebida/ al mus, a las quinielas… y en horas perdidas/ se leyó enterito a Don Marcial Lafuente/ pa’ no ir tras su paso como un penitente”. Nos preguntábamos, él y yo, en aquellos tiempos lejanos —principio de los 80— cuando a nuestro país el uso de la PC en el hogar aún le faltaban diez años largos para popularizarse: “¿Quién es Don Marcial Lafuente?” 

Marcial Lafuente Estefanía (1903 – 1984) es el escritor más prolífico que haya dado España en novelas del género Western —novelas de vaqueros—. Hacia fines de los años  20, su profesión, ingeniero industrial, lo lleva el oeste de Estados Unidos para construir caminos.  Cumplida la tarea en América regresa a España y a la Guerra Civil, que lo encuentra peleando del lado de los republicanos. Al concluir la guerra decide no aprovechar la oportunidad que se le brinda para exiliarse. “Me hospedé en un hotel del Estado” define el escritor al tiempo que el franquismo lo tuvo en la cárcel. Allí comienza a escribir, quizá por soledad, quizá por desesperación.
Sin ninguna pretensión literaria, estas novelas, que cumplen acabadamente el fin de entretener, se reducen a diálogo, acción y algunas descripciones mínimas pero estrictamente realistas, dado el conocimiento exhaustivo que el escritor tiene, por su experiencia de trabajo, del territorio donde esta acción ocurre; conocimiento que no duda en completar con mapas y estudios históricos cuando lo juzga necesario. En su época dorada, décadas del 50 y 60, llegan a vender tiradas de 30.000 ejemplares (otras crónicas hablan de 100.000). Es de destacar que el número de lectores semanales era muy superior a los 30.000 —o 100.00!—, mencionados, ya que sus novelas usadas una y otra y otra vez,  se vendían en los kioscos como pan caliente.
Don Marcial escribe entre las 5 de la mañana y las 7 de la tarde descansando sólo para comer. Entrega un manuscrito de 97 páginas a su editor, uno por semana, en acuerdo a lo estipulado en el contrato. Este es el motivo por el cual  abundan los diálogos de pocas palabras: hay que cubrir espacio rápidamente para dar cumplimiento a lo exigido. Con el tiempo, también sus hijos se suman a “la maquinaria Lafuente Estefanía” escribiendo novelas del oeste bajo la firma del padre. Ahora se especula que si Don Marcial hubiese celebrado contrato por cantidad de ejemplares vendidos, en lugar de hacerlo por entrega como era usual en la época, sus herederos serían multimillonarios. Jamás demuestra envanecimiento  por el fervor con que el público popular lee su trabajo —impreso en hojas de baja calidad, con tapas en colores chillones—, y, si bien es cierto que cerca del fin de su carrera escribe una “novela seria” que pasa desapercibida, tampoco se lo ve nunca  resentido  por la absoluta ignorancia en la que sus pares lo tienen relegado. Por el contrario, gusta manifestar que a la vida no se la debe tomar muy en serio y justifica su opinión con una anécdota trágica: faltando pocos días para que finalice la guerra, su pelotón cae en manos enemigas y el oficial franquista a cargo decide pasar por las armas a todos los prisioneros. Varios han sido ya fusilados cuando una prostituta, tal vez hastiada de ver tanta sangre, tal vez por pura piedad, dice al oficial “Te cambio una acostada por la vida de éstos”. Al día siguiente otro oficial, menos cruel, toma el mando y encarcela a los que restan. “Yo salvé la vida porque pasó una mujer, nunca volví a verla”, concluía.

Ahora sé quien fue Don Marcial Lafuente y, creo, él donde está también lo sabe. Lo que desconozco es  por qué, justamente ahora, viene a mi memoria aquella tarde destemplada, sin sol, cuando nuestros hijos eran pequeños y mi amada abuela Luisa vivía con nosotros. Ella y yo estábamos solas en la cocina, Romance de Curro El Palmo se dejaba oír desde un “pasacasetes” que todavía conservo.  
     —Esa música es muy triste, no te das cuenta porque todavía sos joven —dijo. 




Vida




—Dios es el primer alfarero —dice papá, y me enseña a amasar el barro para que no queden grumos. Los grumos arruinarían las cosas importantes que hace: platos, fuentes, ollas, macetas. Desde que era más chiquita me gusta verlo trabajar. Dice que enseñarme “el oficio” es un regalo que me hace porque es navidad, pero no, es porque aprendí a sumar rápido y también a leer.
—¿El primer alfarero cómo? —pregunto mientras ponemos a secar las piezas antes de llevarlas al horno. Me gusta mucho ver el conejito que modelé al lado de sus cántaros.
—¿Cómo? —ríe—. Haciendo con barro al primer hombre —. A veces habla de cosas que no entiendo a propósito, para que no se me vayan las ganas de estudiar—. Lo llamó Adán y es el padre de todos.
Se pone serio, creo que piensa en el abuelo. Quiero darle la mano para espantar la tristeza pero está peor. Mira mi conejito que se ha llenado de esa pelusa blanca tan linda y ahora salta para el lado nuestro.
Lo alzo, es tibio y suave.
—Tocalo papi, no tengas miedo.

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Publicado en la revista literaria En Sentido Figurado
Jul - Ag 2012, año 5 número 5
Editores. Pedro Herrero y Valeria Tittarelli






























Publicado en Breves no tan Breves

También publicado en Esta que ves

Socavón





“El poder hizo sus cuentas y, ciego a los intereses del pueblo, decidió decapitar el subsidio a la minería”.
Paquita levanta el panfleto de la vereda y lee con cuidado, algunas palabras son muy difíciles. Sin embargo y contra lo que se podría creer, comprende. El poder odia las flores de su jardín, odia el vino con el que celebran los cumpleaños y nacimientos —y a ella papá y mamá todavía no le permiten probar—, odia las canciones que el abuelo canta en el acordeón a pesar de esa tos que a veces lo ahoga, odia sus juguetes y sus juegos. Por su corta edad, desconoce ciertos lugares inmundos a los que suele arrastrar a niñas que crecen desde el seno de pueblos fantasmas y hogares quebrados, tal desconocimiento no le impide imaginarlo bestial.  Entonces piensa en León y sonríe, segura de que su ladrido guardián espantará a la bestia cuando sea necesario. 





Microrrelato escrito en apoyo al reclamo del pueblo minero español, julio 2012
Para leerlo en el blog dedicado a esta causa, click Acá







La nave de los locos, 2

Fernando Valls 
me invita a abordar su Nave por segunda vez, en esta ocasión con el micro 

La modelo

bellamente acompañado por un cuadro de Lola Valls






Gracias, Fernando, gracias, gracias

La nave de los locos

Tengo el honor y la increíble dicha, increíble en verdad, de ver dos de mis microcuentos

Puerto y Uno sobre dos

 publicados en 


GRACIAS, FERNANDO VALLS

Resultó que Serrat tenía razón: "Hoy puede ser un gran día"

Al otro lado del silencio




Soy la cuerda rota de la que tiraron los asesinos, sin embargo eso no me detiene, hijo. Con el  rostro vuelto hacia las tierras cálidas del norte tomo aire, una inspiración profunda hasta   sentir que la vida se me ha impregnado de sol, y giro. —El movimiento es cuidadosamente descuidado, como hecho al azar: no confío en el cese de hostilidades del enemigo—. La dirección ahora es el sur, esas Malvinas heladas que hiciste tuyas con tu sangre. Y ahora, qué importa si tengo la entrada a las islas prohibida, vigilada o regulada, lentamente, desde esta Córdoba donde cada baldosa se llama rebeldía, soplo el sol que aspiré sobre esa cruz que te recuerda.   


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Publicado en:

-Químicamente Impuro 
Jul. 2013

Cuentos y más 
Jul. 2012

-Esta noche te cuento
Jun. 2012

Todas las piedras


     Con la firmeza  varonil que siempre me ha caracterizado, un día decidí quitar de mi camino todas las piedras.
     A las más vistosas las puse de adorno alrededor del gran molino que es de mi propiedad.
     Llevé unas cuantas, chatas y rectangulares, a la biblioteca. Las coloqué sobre el estante destinado a los libros escritos en Braille. Una ciega rozó con las yemas de sus dedos la superficie de una de ellas y exclamó sonriendo “¡Nunca es demasiado tarde para leer Platero y Yo!”.
     Lo más difícil fue encontrar un destino para las rocas ordinarias. Al fin decidí repartirlas entre las muchachas ordinarias. Les dije que formaran fila, que recibieran y cargaran las piedras, que se mostrasen agradecidas ante el obsequio.
    Algunas lo hicieron.
     Ahora no puedo recordar cuáles, porque para mí todas ésas tienen la misma cara. Parece que la ciega resultó ser la madre de una de ellas y ahora anda diciendo por ahí que soy un cretino.
    Nada más falso.

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-Publicado en:
I ANTOLOGÍA TRIPLE C
Microrrelatos reunidos

Macedonia Ediciones, 2012
Pg 105



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También publicado en:
-Breves no tan breves

Archivo de los otros



El Cuco se para junto al hombre que duerme y roba su sueño. Pasa de una alcoba a otra. Acumula sueños, tantos como quepan en su bolsa.
Es su antigua rutina, autoimpuesta, que completa lamentándose mientras revisa el botín.
Lamentarse es un proceso, lo conoce de memoria. Comienza al contar su tesoro y no puede evitar hacerlo con el mismo susurro que emplearía un glotón al elegir sus masas favoritas. Termina escribiendo la cifra final en un registro donde también detalla lo que observa al desplegarlos.
Los sueños robados huelen, para elegir cuál tomará en primer término se deja guiar por ese olor. Y accede al que lo atrae menos. Es su modo de jugar, su solitario de regla única: partir de las fantasías menores para llegar motivado a las visiones que abren camino, develan mundos, las visiones revolucionarias.
Todas las mañanas se propone quedarse quieto pero llega la noche y siempre lo vence la ansiedad, el miedo a la inmovilidad y el dolor que le produce la palabra siempre al recordarle su opuesta. Jamás.
Jamás pudo generar sus propios sueños.
Todas las noches corre a buscar los ajenos.

Están cada vez más lejos. 


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Publicado en PSEUDONIMS N° 33



Los otros ruidos






… su resistencia, demasiado probada ya, ha llegado al tope y esta es la gota que colma la medida, porque los dolores no se sustituyen unos con otros sino que se apilan y se intercalan.

Estela Smania




Mi padre era el enfermo pero la que habla sin parar es ella. Mastico y no la escucho. Mis muelas trituran galletas, su energía de trigo se desperdicia va a parar a ningún lado, lo útil es la trituración que rebota en el cerebro y su voz de pájaro se aleja. Los otros permanecen. Los otros ruidos. Poca muela para tanto martillo neumático. Reestructuración. Hagamos peatonal la Entre Ríos que los cimientos de la iglesia no aguantan un cimbronazo más. Parece que anda con plata el intendente. Señor intendente, cuántos perros vagabundos con ganas de ladrarle a los martillos neumáticos piensa usted que le caben a la calle Entre Ríos. Dios, cuánto martillo perro y pájaro pretendés que triture. Dios, acordate, mi padre era el enfermo ella es la que habla. Yo mastico. Como un perro. Bestias con suerte pájaros y perros, gustan a la gente. Nadie quiere enfermos. Cuando lo echaron del trabajo, ella, tan calladita hasta entonces, dijo “Tu padre se la buscó” alto y claro para que la oyera. Y desde entonces su voz aguda de canario enloquecido me taladra el presente y la memoria. Todo canario pide jaula, estas galletas piden queso. Abro la heladera queda poco, no me extraña. Con la cuchilla corto fetas finas como uñas, láminas que podrían enrollarse.
“Estaba loco” chifla la canario. Uñas curvadas, garras. En la derecha tengo la cuchilla  en la izquierda el queso que apoyo sobre la mesada. “Por culpa de ese infeliz perdimos todo”. Fue una época dura, ella histérica, mi padre vencido y el teléfono anunciando más problemas así que si sonaba, para evitar discusiones entre ellos, yo le hacía frente con mi primer año de secundario. Tipos con tono grave de señores serios que se presentaban como los doctores fulanos de tales estudios, amenazaban con embargos a mi voz de nene. ¿Se van a llevar la computadora? Bueno, cosas como ésa, sí.
Hago un esfuerzo supremo y logro que algo mío me penetre, siento dolor en las piernas. Tanto estar de pie.  Nuestras sillas, base de paja dura y respaldar recto de madera;  si es para reírse, estas cuatro  porquerías viejas ojalá se las hubieran llevado los usureros junto con todo lo otro, no las necesito: sentarme significaría abandonar el estado de alerta, un acto de imprudencia. Yo jamás sería un imprudente o un infeliz como dice ella. Alguien que, por ejemplo, sueña el gran negocio fácil y pierde plata a lo bestia. Está muy bien que las personas competentes cuya claridad mental hace que sean siempre las indicadas para lo que se guste mandar, agarren al infeliz y lo encierren. Si la cárcel falla por falta de pruebas  a no alarmarse, con el manicomio o el cementerio se  cuenta siempre. Agujeros que sirven de zoológico para esta forma de bestialidad contagiosa, cualquiera que tenga la desgracia de estar  ayudando a un primo pobre que no termina nunca de recuperarse, me entiende.
Ahora aguanto que recuerde tiempos idos y lloriquee a lo borracho. Esta canario pide jaula. En la derecha tengo la cuchilla, se acabó el queso. Criar canarios fue uno de los muchos sueños de mi padre, por él supe que en este país por causa del clima o por las plantas, un canario sólo sobrevive en cautiverio. Yo era chico, le creí. Este es el peor momento para decirme la verdad que se impone,  siempre le seguí creyendo.
Los muchachos del intendente cierran la mochilita y se van para su casa. Alguien que le avise a la perrada, hora de cerrar el hocico y ocuparse en la caza de murciélagos porque según consta en actas el que espere canarios pasa hambre. Dios en la derecha tengo la cuchilla y me niego a comer murciélagos. Los locos de los hospicios comen poco, comen mal, después, uno a uno se van muriendo y a ver quién es el vivo que alivie la pena de ese muerto. Mi mano derecha sostiene el mango con la misma naturalidad que termina en dedos.
Apoyo la izquierda sobre la perilla del círculo rojo y  giro para que corra agua por el grifo. Si funcionara el calefón saldría caliente. Habla y sigue llorando. Pongo la hoja de acero bajo el chorro frío. Coloco detergente y refriego con la esponja, limpio con meticulosidad, como si intentara quitar algo que difícilmente se borre. Tomo el repasador y seco. Cuidá a mamá me decía, y lo respetábamos, nadie se había dado cuenta todavía de que mi padre era un enfermo. Yo trabajo estudio  ayudo en lo que puedo.
Ella no es simplemente ella y no es justo que le diga la canario.
Los dedos están agarrotados sobre el mango parecen los dedos de un muerto. Obligado a actuar como si fuera zurdo abro la puerta del aparador y deslizo hacia afuera el cajón de los cubiertos.
“Ya no es cuestión de plata, toda su realidad es un delirio.” Puso la palabra loco en las manos del siquiatra, fue su fiscal. Si hay que admitirlo lo admito él necesitaba tratamiento pero   por qué no dejarlo en casa, por qué encerrarlo. La dueña de las palabras fue su fiscal y su verdugo.
Cuidá a mamá.
Cierro los ojos apretando los párpados con tanta fuerza como aprietan los dedos. Levanto y estiro el brazo derecho. Abro los ojos, me sobresalto. Mi movimiento ha sido brusco y además estuvo el ruido. Por ese ruido sé que también he abierto la mano, la cuchilla cayó sobre los cubiertos. Junto los dedos y los pliego, donde estaba el mango hay un hueco, como un abismo. Bajo el brazo con delicadeza y cierta inseguridad, como si temiese que se quiebre o no respondiera a mis deseos. Con la izquierda cierro cajón y aparador. Se ha callado. Lentamente giro la cabeza, la miro. Hago un par de pasos, con cuidado apoyo mi mano derecha en su mejilla y la dejo ahí, donde había un abismo está su rostro. Ha quedado una lágrima de sus llantos anteriores que seco con el pulgar. Me mira de un modo extraño, suave e intenso a la vez. Mamá, digo, él está mejor ahora, descansando.
Me acostumbré tanto a sus palabras, no sé qué dice su mirada.    
  


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Publicado en Revista Narrativas n° 26 jul-set. 2012 (pgs 71 - 72)
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También publicado en la bitácora Equipo NTL