La plegaria


Viene en contramano, toma mal una curva, derrapa, se desbarranca y cae en el patio de la vieja casona familiar. Construcción solitaria, hoy derruida, de la que salió huyendo treinta años antes nada más que por sentirle el gusto al afuera y  ser su único, permisivo, jefe, y buscar lo que de todas maneras habría encontrado porque era su destino. De todo lo que  tuvo sólo resta un gato azul y ambos se acomodan en el último, infecto cuartucho.

Cada atardecer, hunde el rostro en ese azul inefable y, por unos instantes, se apropia de lo perdido: aquellas risas, las únicas que hallaban eco en su corazón, aquellas caricias que amaba.

No recuerda cómo fue que hoy logró conseguir las mandarinas que hacen su cena mientras su compañero sale de correría. Cigarrillos siempre tiene, eso sí. Fuma sin descanso. Cuando ve que el cielo comienza a clarear por alguna de sus puntas, vacía la taza que usó de cenicero y ventila el cuarto. Al gato no le gusta el olor a humo y volverá marcharse si oye esa toz cavernosa que lo ahoga.
De pronto ve que la silueta felina se recorta, elegante e impasible, contra la ventana abierta.
Respira lenta, cuidadosamente.
—Un atardecer más —suplica.
Suplica, sí, sin embargo su actitud no es la del suplicante. Nadie podría adivinar tras esa calma, ese dominio de la situación que muestra aún cuando nadie ve (y quizá más aún cuando nadie, excepto él, ve), la enormidad de su nostalgia.
El gato permanece en el alféizar.
Sin impaciencia (con un esbozo de sonrisa incluso, como quien entiende que la realidad es sólo un juego) comprueba lo que ya sabe: las  mandarinas se acabaron anoche.  


-----------------------------------

Publicado en Revista Conexos






8 comentarios:

  1. Una magnífica historia, Patricia, la dosis justa entre decir y no decir, me gustó, si señor.
    Un abrazo.
    HD

    ResponderEliminar
  2. el final de las mandarinas serían el final de un destino?
    hermoso cuento amiga!!!! con varios niveles de lectura como sólo tu pluma sabe tener.

    ABRAZOS MIL

    ResponderEliminar
  3. Tu gato me remontó al "unicornio azul..." Desamparo, desdicha, nostalgia y soledad; demasiado para el pobre hombre... Muy bueno Patricia. Te lo secuestro para compartir en "Paracuentos"

    ResponderEliminar
  4. Hipnótico cuento! Desde el principio me envolvió la nostalgia que creaste con tanto talento y que fue marcando el paso del relato. Él y su gato. Una pareja tan atractiva como misteriosa. Bravo, mujer! Cada publicación tuya es un regalo para los que te leemos.
    Un abrazo enorme y ya sabés, estoy ahí SIEMPRE.
    P/D: No te preocupes por la gente que no tiene nada que hacer.

    ResponderEliminar
  5. ¡Enhorabuena por la publicación, Patricia! ¡Qué gusto da leerte!

    Es fantástico cómo lo implicito y soterrado supone la destilación de la esencia narrativa de esta pieza. Más allá del excelente material que conforma la trama, este texto brilla en lo elidido, en el peso emocional que deja en el lector.

    ¡Prodígate más!

    Un abrazo,

    ResponderEliminar
  6. Triste y bello cuento de grandes propósitos y estrepitosos fracasos.

    Abrazos de enhorabuena.

    ResponderEliminar
  7. Una historia tremenda y atormentada de fachadas pétreas
    Me ha encantado, PAtricia
    Besos

    ResponderEliminar
  8. Si es que la estaba llamando. LLeno de nostalgia. Me alegro volver a leerte.

    ResponderEliminar