Ese gordo nunca me gustó. Todas las mañanas se
instalaba en el palier de planta baja sujetando un alto de planillas contables
llenas de cifras abultadas, cuando yo intentaba salir del edificio se paraba
enfrente de mí, casi rozándome, entonces, ya seguro de haberme cerrado el paso,
cacareaba bien fuerte cosa de que todo el mundo
oyera:
—Che Rodrigo,
vos habrás invitado un par de asados pero ahora estás adeudando tres meses
de expensas viejo, me obligás a informar al propietario.
Era un gorila, vaya Dios a saber cómo había
hecho para llegar a administrador.
Su madre, en cambio, es una excelente persona,
generosa y dulce, incapaz de pensar mal de alguien. Llora mucho la muerte del
gordo, da pena verla tan sola. Su
departamento está arriba del mío.
—Amanda, aquí huele mal —le advierto cada vez que la
visito.
El aire que corre por nuestra calle no es un buen
aire, cuando llegó el asfalto quitaron mucha inmundicia pero el olor a comida
rancia que viene de los bodegones cercanos y el de la multitud de perros
callejeros que nos acosan, son inevitables.
Si bien es cierto que el gordo nunca me gustó, también
lo es que hubo un tiempo en que supimos tener muy buen trato. Reconozco que yo
estaba más contento que ahora: la quinta todavía era mi quinta y allí lo invité en tres o cuatro ocasiones,
aceptó siempre. Cada vez que llegábamos el matrimonio de caseros que la
atendían junto con su hijo se mudaban al rancho de unos parientes. Sólo el
muchacho volvía todas las mañanas a ocuparse de lo imprescindible. Sabían que
cuando iba acompañado prefería evitar la convivencia y jamás cuestionaron mis
órdenes.
Salíamos a cazar vizcachas y si el gordo pudo alzarse
con alguna fue gracias a mí, que le enseñé a usar el rifle y a carnear como se
debe, con cuchilla o tijera según lo disponga el hueso. A la mañana siguiente,
de asar las presas siempre me encargaba yo. Aunque me hubiese pasado la noche
completa buscando las vizcacheras, nunca tuve pereza para armar un buen fuego,
descalzo, al sol. Asados hechos con leña. Si no encontraba leña prefería
cualquier trozo de madera antes que carbón. Los hindúes creen que la madera es
un elemento sagrado. Para mí sagrado no hay nada pero como aprendí a trabajarla
desde chico, conozco más de maderas que de ninguna otra cosa. Yo hice mis
propios muebles, por eso sentí tanto tener que quemar aquella cama y ese banquito que debía arreglar porque
estaba con la pata rota. Nada más, sólo quemo muebles cuando no encuentro leña.
O mejor dicho quemaba, porque así era cuando tenía mi quinta. Ahora estoy en la
ciudad, aunque a veces me confundo.
Alguna vez le hablé de la sabiduría hindú, pero no
pareció interesarle.
Me faltó tiempo para lograr que desarrollara el
sentido del olfato propio de todo buen cazador.
—Tenés olor a vizcacha —solía decirle bromeando, nunca
compartió el chiste. Sí, tenía olor a herbívoro. Pero a un herbívoro descomunal. Tenía olor a carne que
se debe asar atento para no arrebatarla y es más sabrosa seca, con la grasa
dividida en láminas crocantes, bien doradas. Resulta que semejante animal en
uno de esos fines de semana de campo que compartimos, logró sorprenderme. Yo
estaba molesto, el muchacho no se había presentado a trabajar esa mañana y
decidí ponerme a cortar el pasto, como para descargar bronca no más. Él, que
era mi huésped, no se dignaba ofrecer ayuda, se aburría con la vista clavada en
un carro completamente inútil que estaba conservando para utilizar como leña.
—¿A eso
también lo hiciste con tus propias manos? —preguntó con una sonrisa
burlona señalando el carro con el dedo.
—No.
—Si no
pusiste manos a la obra al menos habrás sido vos el que tiraba del carro. ¿O
fue una yegua la que cinchó? —insistía con la pregunta irónica y el dedo
apuntador. Habiendo terminado mi trabajo, caminé varios pasos arrastrando la
tijera.
—El que se
esforzó fue un caballo que vendí hace tres años —repliqué en voz baja y me
volví para observar ese delicioso verde parejo propio del pasto recién cortado.
Lo único que pude observar fue la huella de un par de puntas filosas.
De lo que
pasó después, sólo recuerdo que hubo un incendio formidable, algunos días de un mal olor espantoso y muchos meses de sequía, pero confundo el
orden de los acontecimientos. Todo verde se hizo gris. El campo se hizo sed y
miseria. La ciudad, deudas impagas, ruina. Ahora, sin la quinta que perdí, sin
vizcachas ni, en apariencia, agua suficiente que calme esta ansia de beber que
nunca cesa, su ausencia es el único
alivio, la madre puede darme plata sin esconderse de él ni inventar excusas
absurdas que expliquen la falta del dinero.
Perdido lo perdido, mi interés se centra en aclarar el
pasado reciente. Quiero recordar qué
hice para saber quién fui. Hay dentro de mi mente cierta imagen que me
obsesiona, se trata de una rueda de carro prendida en llamas, puede ser que
esta imagen sea la clave, una puerta de entrada, pero como forma parte de esta
última confusión, puede ser también que no sea más que un sueño. Otra posible
puerta al pasado es el hueso. Recuerdo un hueso que existió, estoy seguro. Alguien
lo había tirado en el recodo de mi calle antes del asfalto, yo lo miraba con
espanto porque, de algún modo que no puedo explicarme, sabía que se tratara de
un hueso humano. Parecía una roca más a la que, por causa quizá de la suciedad
de los perros, le habían brotado unas excrecencias verdosas que colgaban de su
extremo más agudo como una guirnalda de cifras abultadas.
Resulta curioso que los únicos recuerdos claros y
limpios sean los más lejanos.
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Publicado en la revista digital NARRATIVAS n° 27
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