De Antología

Tengo la inmensa dicha de comunicar que el sábado 18 de mayo, en Madrid, se presentó el libro

"De Antología
La Logia del Micorrrelato"


Antologado por:


Micros inéditos de 69 autores entre los que tengo el honor de participar con:

-Darse cuenta
.Que cambies el curso del Suquía









Lujuria


La última vez que lo vio estaba delgado y ojeroso. O eso cree. Por algún motivo que ignora algunos recuerdos se confunden: quizá fuese ella la del aspecto enfermizo.
Ahora se descubre a sí misma en una habitación amoblada con un estilo  anacrónico; el sitio le resulta lejano y familiar, evocador, como una canción largamente  escuchada durante la adolescencia. (Lo que desea escuchar es su voz, esa voz  golpeada de tabaco que tan bien conoció, nombrándola: —Leonora.)
Las imágenes de aquel amor apasionado le despiertan la piel y un anhelo ciego la obliga a caminar la habitación, buscándolo.
¿Qué es eso negro que respira, sigiloso, sobre el busto de Palas Atenea?
—Acercate más —dice el cuervo.

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Publicado en Cuentos y más
                        La página de los cuentos breves

Quitar el rastro






Un crimen es una tormenta, un puñetazo: un hombre –no digamos ya un niño, un animal- puede olerlo mucho antes de que ocurra.
Alejandro González Foerster



Ese olor nauseabundo, fue despertarse y percibirlo. Ese olor a papel maldito delataba la situación: hoy le tocaba a él, no podía ser otra cosa.
—Ni el primero de mayo descansan éstos  —pensó.
Su mujer, extrañada al verlo cambiarse con tanto apuro en un día feriado, le alcanzó un mate. En circunstancias normales habría hecho la pregunta, pero éstas no lo eran. Decidió que lo mejor sería dejarlo solo un rato, pretextó salir a comprar cigarrillos.
—Quizá demore amor, tengo que encontrar  kiosco abierto.
Le puso un abrigo  a Naldo y lo llevó con ella.
El olor crecía, se dilataba, parecía tomar fuerzas de sí mismo y agigantarse.
Timbre.
Allí, sostenido por la punta de sus dedos como un bicho asqueroso, estaba el papel temido. El telegrama donde el Banco Provincial lo desafectaba de sus servicios poniéndolo a disposición del poder ejecutivo. Ahora le sucedía a él lo mismo que en los últimos meses le había sucedido a cientos de sus compañeros, el gobernador lo ocuparía en alguna pocilga a cambio de un cuarto de su sueldo. Y a cerrar la boca, que ofrecer batalla es peor.
Con aquel bicho arrastrándose por la casa el olor era insoportable. Penetraba  su nariz y, con la fuerza de un río que se abriera en varias corrientes, nublaba sus ojos, ensordecía sus oídos, depositaba un sedimento mugroso en su cerebro. Creyó estar aspirando, también, el espanto de otros.
—Narices Empleados Bancarios Desaparecidos y Otros Fantasmas —dijo con voz de  anunciante publicitario. Como una película, según dicen sucede antes de la muerte, pasaron por su mente la prenda que pesaba sobre el auto, la cuota del colegio privado de Naldito, la cuenta corriente en la farmacia…—. Narices acreedores en pánico —agregó riendo a carcajadas. Luego, repentinamente serio al recordar una de las tantas consecuencias que sufrían la mayoría de los sometidos al traslado forzoso, murmuró—: Narices divorcios en puerta.
Ella no debía verlo. ¿Dónde se escondía el miserable? Tenía que eliminar al menos el rastro, el olor. Su nariz atraía aquel olor repugnante. Debía quitársela. Imposible. Imposible no. Querer es poder, porque así reza el dicho.
—Querer es poder, Arnaldo —le decía siempre la querida señorita Nené, su maestra de sexto grado. Ella fue quien lo alentó para que no se conformara con trabajar en la bicicletería del viejo, para que continuase estudiando —. Querer es poder, como decía San Martín —repetía en su memoria aquella voz remota, dulce, suave, maternal.
Don José de San Martín y el retrato escolar tan claro en su memoria. La mirada decidida, la boca de gesto enérgico, la nariz aguileña.
Nariz, por unos instantes la había olvidado.   
Con un arma de fuego habría resultado más fácil, en su defecto, ahí estaba la tenaza.

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Mar adentro


El agua no tuvo relación alguna con el horror que la dejó como única habitante de la casa, sin embargo, “falta agua”, es lo que escribe ella con mano temblorosa y gesto vencido.
Él la observa repetir una y otra vez la misma expresión, sudar en el cuarto celosamente clausurado, debilitarse; y cada partícula del cristal que lo constituye tiembla: la ama desde que era una niña.
Una ráfaga fría le revuelve el pelo, atónita, levanta el rostro. Donde el espejo debería mostrar su imagen está el mar, varias gaviotas quiebran la línea del horizonte disputándose unos restos miserables. Como quien se encuentra a pocos pasos del borde de un acantilado, hacia ese mar se dirige  con una agilidad que supuso perdida.

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Publicado en la antología digital "Destellos en el cristal"
Edita Internacional Microcuentista


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La plegaria


Viene en contramano, toma mal una curva, derrapa, se desbarranca y cae en el patio de la vieja casona familiar. Construcción solitaria, hoy derruida, de la que salió huyendo treinta años antes nada más que por sentirle el gusto al afuera y  ser su único, permisivo, jefe, y buscar lo que de todas maneras habría encontrado porque era su destino. De todo lo que  tuvo sólo resta un gato azul y ambos se acomodan en el último, infecto cuartucho.

Cada atardecer, hunde el rostro en ese azul inefable y, por unos instantes, se apropia de lo perdido: aquellas risas, las únicas que hallaban eco en su corazón, aquellas caricias que amaba.

No recuerda cómo fue que hoy logró conseguir las mandarinas que hacen su cena mientras su compañero sale de correría. Cigarrillos siempre tiene, eso sí. Fuma sin descanso. Cuando ve que el cielo comienza a clarear por alguna de sus puntas, vacía la taza que usó de cenicero y ventila el cuarto. Al gato no le gusta el olor a humo y volverá marcharse si oye esa toz cavernosa que lo ahoga.
De pronto ve que la silueta felina se recorta, elegante e impasible, contra la ventana abierta.
Respira lenta, cuidadosamente.
—Un atardecer más —suplica.
Suplica, sí, sin embargo su actitud no es la del suplicante. Nadie podría adivinar tras esa calma, ese dominio de la situación que muestra aún cuando nadie ve (y quizá más aún cuando nadie, excepto él, ve), la enormidad de su nostalgia.
El gato permanece en el alféizar.
Sin impaciencia (con un esbozo de sonrisa incluso, como quien entiende que la realidad es sólo un juego) comprueba lo que ya sabe: las  mandarinas se acabaron anoche.  


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Publicado en Revista Conexos









Estaba hecho


“…  quien no crea en las hadas cierre este libro y lo arroje a un canasto o lo reduzca al papel suntuoso de relleno de su biblioteca…”
Manuel Mujica  Laínez

Pone su vara sobre la roca y pronuncia esa palabra que no debía ser dicha. La luz que parecía generar la propia vara, como si fuese una flor, se desprende y eleva hasta extraviarse en el cielo.
—¡Ahora soy parte de la humanidad! —exclamó ansiosa, consciente de haber perdido el origen de su poder.
Pronto comprende que renunciar a sí misma fue sólo un primer gesto, que convertirse en otra, demanda mucho tiempo. Concreta su objetivo dedicándose por años a sumar gestos mínimos, resultantes de cálculos precisos, a través de los cuales obtiene un título de grado, dos maridos sucesivos y trillizos varones.
Sin embargo esta tarde, quizá nerviosa o cansada, esta tarde en la que se siente incompleta, deja los chicos al cuidado de la niñera, el estudio a cargo del socio, miente al marido una cita con el peluquero y camina varias horas por una senda escondida en las sierras pensando “bien puede criarlos el padre”.
Llega a aquella roca. Con calma, repite lo que no debía ser dicho, pero lo dice al revés. Y espera.

Morirá de vieja, en su propio cuarto, rodeada por su familia, de espaldas a la ventana abierta al cielo. 

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Publicado en Revista Conexos

La reunión


En el asiento de al lado se ubica una mujer muy bien vestida, quizá tenga su misma edad, y el perfume que ella nunca se pudo comprar la invade como una melodía escuchada a disgusto, como una caricia no deseada. Para peor, un inusual desasosiego la atormenta. Intentando distraerse, calmar ese inexplicable agujero negro que crece a costa de sus entrañas, pregunta algo. La otra ni siquiera se molesta en responder.
La carretera está colapsada de autos y su fastidio cree incontables los pasajeros que suben y bajan en los distintos pueblos turísticos. El viaje se prolongue hasta exasperarla. Dos horas sintiéndose absurda en su olor a nada.

Su marido y su hijo están en la terminal, esperándola. Quiere saludarlos pero no puede abrir la ventanilla.
Desde el ómnibus, mientras forcejea con sus bolsos, observa que la otra ya está abajo. Mira a su esposo dirigirse hacia ella. Lo ve tomándola de la cintura con naturalidad.
A través del vidrio, sucio de polvo, ve como el nene la abraza, la besa.
—¡Hola mami, te extrañamos! —oye que dice.  

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Publicado en la revista digital Pseudònims n° 40
Tema. Distancia




Seducción


El cuadro cuelga de la pared que está junto a la cabecera de la cama.
Dentro del cuadro se ven relámpagos, lluvia, un río embravecido, un puente roto que  dos muchachos asustados intentan cruzar. Y un ángel detrás de ellos. Con sus alas desplegadas, su túnica impecable, su majestad.

La niña está sola en el cuarto. Los truenos no la dejan dormir, tapa su cabeza con la almohada. El ruido del aguacero continúa, el silbido del viento en los árboles y el rugido lejano del arroyo que cobra vigor.
Tiritando se levanta. La tormenta arrecia, un rayo ilumina la habitación, encegueciéndola. Parpadea varias veces y cuando sus ojos se habitúan a la oscuridad observa la lámina: por más que intente no logra verlos, los muchachos del cuadro no están.
Está el ángel. En la penumbra del cuarto su belleza resplandece.
La niña lo mira arrobada. Quisiera pararse a su lado, conversar, que le ofrezca algo, cualquier cosa, y tener la oportunidad de aceptar.
—Es tan hermoso, le entregaría hasta el alma.
El ángel escucha ese pensamiento, sonríe satisfecho.
La noche recién comienza.

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Publicado en la revista digital  miNatura n° 124





La pelea




—Basta —suplica, aturdido por la discusión de sus padres.  Airados como siempre y sordos al ruego, la bestia y el Otro  continúan su eterna disputa. Falto de respuesta, el hombre se extingue.

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Participa de la propuesta UCADFDM (Un Cuento Antes Del Fin Del Mundo)
Propuesta realizada por la escritora Marina de La Fuente

El lector


     
Un dragón chiquitito, que cargaba con aparente facilidad un libro pesado sobre el lomo, las vio tiradas en el río. Con infinita paciencia sacó estrella por estrella y las puso a secar sobre la hierba. Deseaba con ansias conservar ese tesoro entre las hojas de su libro sin embargo, conociendo la actitud agresiva y voraz de sus hermanos, decidió evitar el riesgo. Así fue como, al tiempo que se secaban, las fue echando a volar.

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Este micro ha sido publicado en la bitácora Ilustraciones para un loco
Edita e ilustra Juan Luis López Anaya

Gracias, Juanlu, por tu encantador trabajo!!!


Trajín Literario

En su edición número 38, TRAJÍN LITERARIO, publica, entre otros escritores e ilustradores con los cuales es un placer compartir, estos tres micros de mi autoría

La caricia - Pereza - Tauro





Manos a la obra






     Ese gordo nunca me gustó. Todas las mañanas se instalaba en el palier de planta baja sujetando un alto de planillas contables llenas de cifras abultadas, cuando yo intentaba salir del edificio se paraba enfrente de mí, casi rozándome, entonces, ya seguro de haberme cerrado el paso, cacareaba bien fuerte cosa de que todo el mundo  oyera:
—Che Rodrigo, vos habrás invitado un par de asados pero ahora estás adeudando tres meses de  expensas viejo,  me obligás a informar al propietario.
 Era un gorila, vaya Dios a saber cómo había hecho para llegar a administrador.
Su madre, en cambio, es una excelente persona, generosa y dulce, incapaz de pensar mal de alguien. Llora mucho la muerte del gordo, da pena verla tan sola.  Su departamento está arriba del mío.
—Amanda, aquí huele mal —le advierto cada vez que la visito.
El aire que corre por nuestra calle no es un buen aire, cuando llegó el asfalto quitaron mucha inmundicia pero el olor a comida rancia que viene de los bodegones cercanos y el de la multitud de perros callejeros que nos acosan, son inevitables.

Si bien es cierto que el gordo nunca me gustó, también lo es que hubo un tiempo en que supimos tener muy buen trato. Reconozco que yo estaba más contento que ahora: la quinta todavía era mi quinta  y allí lo invité en tres o cuatro ocasiones, aceptó siempre. Cada vez que llegábamos el matrimonio de caseros que la atendían junto con su hijo se mudaban al rancho de unos parientes. Sólo el muchacho volvía todas las mañanas a ocuparse de lo imprescindible. Sabían que cuando iba acompañado prefería evitar la convivencia y jamás cuestionaron mis órdenes.
Salíamos a cazar vizcachas y si el gordo pudo alzarse con alguna fue gracias a mí, que le enseñé a usar el rifle y a carnear como se debe, con cuchilla o tijera según lo disponga el hueso. A la mañana siguiente, de asar las presas siempre me encargaba yo. Aunque me hubiese pasado la noche completa buscando las vizcacheras, nunca tuve pereza para armar un buen fuego, descalzo, al sol. Asados hechos con leña. Si no encontraba leña prefería cualquier trozo de madera antes que carbón. Los hindúes creen que la madera es un elemento sagrado. Para mí sagrado no hay nada pero como aprendí a trabajarla desde chico, conozco más de maderas que de ninguna otra cosa. Yo hice mis propios muebles, por eso sentí tanto tener que quemar aquella cama  y ese banquito que debía arreglar porque estaba con la pata rota. Nada más, sólo quemo muebles cuando no encuentro leña. O mejor dicho quemaba, porque así era cuando tenía mi quinta. Ahora estoy en la ciudad, aunque a veces me confundo.  
Alguna vez le hablé de la sabiduría hindú, pero no pareció interesarle.
Me faltó tiempo para lograr que desarrollara el sentido del olfato propio de todo buen cazador.
—Tenés olor a vizcacha —solía decirle bromeando, nunca compartió el chiste. Sí, tenía olor a herbívoro. Pero a un  herbívoro descomunal. Tenía olor a carne que se debe asar atento para no arrebatarla y es más sabrosa seca, con la grasa dividida en láminas crocantes, bien doradas. Resulta que semejante animal en uno de esos fines de semana de campo que compartimos, logró sorprenderme. Yo estaba molesto, el muchacho no se había presentado a trabajar esa mañana y decidí ponerme a cortar el pasto, como para descargar bronca no más. Él, que era mi huésped, no se dignaba ofrecer ayuda, se aburría con la vista clavada en un carro completamente inútil que estaba conservando para utilizar como leña.
—¿A eso también lo hiciste con tus propias manos? —preguntó con una sonrisa burlona  señalando el carro con el dedo.
—No. 
—Si no pusiste manos a la obra al menos habrás sido vos el que tiraba del carro. ¿O fue una yegua la que cinchó? —insistía con la pregunta irónica y el dedo apuntador. Habiendo terminado mi trabajo, caminé varios pasos arrastrando la tijera.
—El que se esforzó fue un caballo que vendí hace tres años —repliqué en voz baja y me volví para observar ese delicioso verde parejo propio del pasto recién cortado. Lo único que pude observar fue la huella de un par de puntas filosas.
De lo que pasó después, sólo recuerdo que hubo un incendio formidable,  algunos días de un mal olor espantoso y  muchos meses de sequía, pero confundo el orden de los acontecimientos. Todo verde se hizo gris. El campo se hizo sed y miseria. La ciudad, deudas impagas, ruina. Ahora, sin la quinta que perdí, sin vizcachas ni, en apariencia, agua suficiente que calme esta ansia de beber que nunca cesa,  su ausencia es el único alivio, la madre puede darme plata sin esconderse de él ni inventar excusas absurdas que expliquen la falta del dinero.
Perdido lo perdido, mi interés se centra en aclarar el pasado reciente. Quiero  recordar qué hice para saber quién fui. Hay dentro de mi mente cierta imagen que me obsesiona, se trata de una rueda de carro prendida en llamas, puede ser que esta imagen sea la clave, una puerta de entrada, pero como forma parte de esta última confusión, puede ser también que no sea más que un sueño. Otra posible puerta al pasado es el hueso. Recuerdo un hueso que existió, estoy seguro. Alguien lo había tirado en el recodo de mi calle antes del asfalto, yo lo miraba con espanto porque, de algún modo que no puedo explicarme, sabía que se tratara de un hueso humano. Parecía una roca más a la que, por causa quizá de la suciedad de los perros, le habían brotado unas excrecencias verdosas que colgaban de su extremo más agudo como una guirnalda de cifras abultadas.
Resulta curioso que los únicos recuerdos claros y limpios sean los más lejanos.

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Publicado en la revista digital NARRATIVAS n° 27
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