En el último
carromato de la caravana viajan las noticias. No hay jerarquía entre ellas, el nacimiento de la primera hija
de los Carranza no tiene por qué ser más importante que la cabra perdida del
viejo Miller. La gente sabe que se nace para morir y que en un mundo
finito lo perdido vuelve a encontrarse, así
que ningún pueblo las recibe con el trato
debido a un huésped de honor. Resentidas, se aíslan hasta acabar petrificándose. La cordillera,
en proceso de cambio continuo por esta causa, obliga a la caravana a girar por
senderos cada vez más peligrosos y murmura lo que a nadie interesa oír.
Tanto acopio
de información a veces provoca explosiones, entonces las montañas develan a gritos
aquello que las engendró. En momentos de crisis como ésos, la caravana se
detiene y los pasajeros buscan refugio. Bajo los árboles están a salvo. Las
hojas hacen de filtro protector quitando, de aquella furia que gravita sobre
ellos, las palabras que causan daño.
Capeado el
temporal, unas pocas frases quedan sueltas repitiéndose como un mantra. Provocan
la ilusión de escuchar agua en movimiento, como un río que corriese encajonado
entre una pared de cuarzo y otra de malaquita.
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