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Aquel romance (artículo de opinión)



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 Él me introdujo al mundo Joan Manuel Serrat, por entonces, yo intentaba aprender a tocar el piano. Desde luego, cada apasionado por Serrat —somos millones— tiene sus temas favoritos. Nosotros dos teníamos tres, “Fiesta”, “Balada de Otoño” y “Romance De Curro El Palmo”. Como se recordará, esta última  canción cuenta que Curro es pobre. Un hombre muy pobre enamorado de una joven tan pobre como él, pero ella aspira unirse a alguien adinerado —propósito que logra a través de “un curapupas”, un médico con  más fortuna que ética con el que se marcha—. En este punto de la historia canta-cuenta Serrat: “Buscando el olvido se dio a la bebida/ al mus, a las quinielas… y en horas perdidas/ se leyó enterito a Don Marcial Lafuente/ pa’ no ir tras su paso como un penitente”. Nos preguntábamos, él y yo, en aquellos tiempos lejanos —principio de los 80— cuando a nuestro país el uso de la PC en el hogar aún le faltaban diez años largos para popularizarse: “¿Quién es Don Marcial Lafuente?” 

Marcial Lafuente Estefanía (1903 – 1984) es el escritor más prolífico que haya dado España en novelas del género Western —novelas de vaqueros—. Hacia fines de los años  20, su profesión, ingeniero industrial, lo lleva el oeste de Estados Unidos para construir caminos.  Cumplida la tarea en América regresa a España y a la Guerra Civil, que lo encuentra peleando del lado de los republicanos. Al concluir la guerra decide no aprovechar la oportunidad que se le brinda para exiliarse. “Me hospedé en un hotel del Estado” define el escritor al tiempo que el franquismo lo tuvo en la cárcel. Allí comienza a escribir, quizá por soledad, quizá por desesperación.
Sin ninguna pretensión literaria, estas novelas, que cumplen acabadamente el fin de entretener, se reducen a diálogo, acción y algunas descripciones mínimas pero estrictamente realistas, dado el conocimiento exhaustivo que el escritor tiene, por su experiencia de trabajo, del territorio donde esta acción ocurre; conocimiento que no duda en completar con mapas y estudios históricos cuando lo juzga necesario. En su época dorada, décadas del 50 y 60, llegan a vender tiradas de 30.000 ejemplares (otras crónicas hablan de 100.000). Es de destacar que el número de lectores semanales era muy superior a los 30.000 —o 100.00!—, mencionados, ya que sus novelas usadas una y otra y otra vez,  se vendían en los kioscos como pan caliente.
Don Marcial escribe entre las 5 de la mañana y las 7 de la tarde descansando sólo para comer. Entrega un manuscrito de 97 páginas a su editor, uno por semana, en acuerdo a lo estipulado en el contrato. Este es el motivo por el cual  abundan los diálogos de pocas palabras: hay que cubrir espacio rápidamente para dar cumplimiento a lo exigido. Con el tiempo, también sus hijos se suman a “la maquinaria Lafuente Estefanía” escribiendo novelas del oeste bajo la firma del padre. Ahora se especula que si Don Marcial hubiese celebrado contrato por cantidad de ejemplares vendidos, en lugar de hacerlo por entrega como era usual en la época, sus herederos serían multimillonarios. Jamás demuestra envanecimiento  por el fervor con que el público popular lee su trabajo —impreso en hojas de baja calidad, con tapas en colores chillones—, y, si bien es cierto que cerca del fin de su carrera escribe una “novela seria” que pasa desapercibida, tampoco se lo ve nunca  resentido  por la absoluta ignorancia en la que sus pares lo tienen relegado. Por el contrario, gusta manifestar que a la vida no se la debe tomar muy en serio y justifica su opinión con una anécdota trágica: faltando pocos días para que finalice la guerra, su pelotón cae en manos enemigas y el oficial franquista a cargo decide pasar por las armas a todos los prisioneros. Varios han sido ya fusilados cuando una prostituta, tal vez hastiada de ver tanta sangre, tal vez por pura piedad, dice al oficial “Te cambio una acostada por la vida de éstos”. Al día siguiente otro oficial, menos cruel, toma el mando y encarcela a los que restan. “Yo salvé la vida porque pasó una mujer, nunca volví a verla”, concluía.

Ahora sé quien fue Don Marcial Lafuente y, creo, él donde está también lo sabe. Lo que desconozco es  por qué, justamente ahora, viene a mi memoria aquella tarde destemplada, sin sol, cuando nuestros hijos eran pequeños y mi amada abuela Luisa vivía con nosotros. Ella y yo estábamos solas en la cocina, Romance de Curro El Palmo se dejaba oír desde un “pasacasetes” que todavía conservo.  
     —Esa música es muy triste, no te das cuenta porque todavía sos joven —dijo. 




Señora de las hadas (columna de opinión)









Pedro Carreño (Cuba) Óleo sobre lienzo


“La idea elemental está encerrada en la idea folklórica. La fuente de la idea elemental es la imaginación humana. El espíritu humano. Y se dirige a la imaginación humana, el espíritu humano”. 
Joseph Campbell*


Paseo sin rumbo por la biblioteca infinita que es la red, y derivo hasta “Símbolos de redención en los cuentos de hadas”, texto cuyo título, que juzgué adorable, capturó mi atención de inmediato. Se trata de una de las muchas obras escritas por Marie Louise Von Franz (1915 – 1998), erudita y analista junguiana nacida en Alemania, nacionalizada suiza, país donde estudió y desarrolló su carrera desde muy temprana edad.
Su relación con el prestigioso y mundialmente reconocido Carl Gustave Jung comienza cuando éste invita a algunos estudiantes a su casa, entre los que se encontraba una joven Marie Louise de 18 años, quien ya contaba con estudios en filología clásica y era traductora de griego y latín. Grandemente impresionada por las ideas del profesor, pero escasa de dinero, propone intercambiar sesiones de análisis por traducciones. Propuesta que Jung acepta de inmediato ya que necesitaba que le tradujeran un texto alquímico que databa del siglo XVI. En una entrevista que se le realizara en al década del ’80, M. L. Von Franz recordaría que cuando su mentor le entregó aquel primer  libro —una de las traducciones más difíciles que le tocaría hacer en su extensa carrera—, sus páginas, ilustradas se abrieron para mostrar un dibujo con el que ella había soñado algún tiempo atrás y que esta feliz coincidencia —a-casual?— le hizo comprender que había escogido el camino correcto. Así nació una relación profesional sin fisuras que, a través del legado de una magnífica colección de libros, sobreviviría a ambos para nuestro enriquecimiento  y deleite.
El punto principal sobre el cual la escritora nos llama a reflexión, y a partir del cual  justifica todo su desarrollo, refiere acerca de la no carnalidad de los personajes centrales de los cuentos de hadas. Productos del inconsciente colectivo, arquetipos por antonomasia, héroes y heroínas carecen de humanidad: tanto su destreza o fortaleza o capacidad de sacrificio, como su incapacidad absoluta para cuestionarse a sí mismos, por citar  algunos ejemplos, llegan a límites inhumanos. Sin embargo, en cuentos folclóricos narrados desde España hasta  China, desde Rusia hasta Estados Unidos, su conducta ante las distintas vicisitudes que padecen, aún bajo los diferentes usos de cada región,  no varía. Tal es el motivo por el cual se afirma —siempre y cuando comprendamos la naturaleza íntima de tales acciones como expresión simbólica de la realidad—, que esta conducta  deviene en modelo de comportamiento. Desde luego, no un modelo moral a seguir, sino de nuestras angustias, del modo en que podemos torturarnos unos a otros y a nosotros mismos. Y también un modelo para, basándonos en la ciencia psicológica, en la imaginación consciente que propone la autora, detener tales daños.
Nos miraremos en el príncipe, o la princesa —no en el rey, el padre, la autoridad establecida y, por este motivo, ya osificada,  con seguridad ya desajustada a una realidad cuya esencia es la mutación, el cambio—,  puesto que son los representantes del momento presente. Ellos, los jóvenes, los reyes futuros, son los protagonistas de la acción del mismo modo en que nosotros somos dueños de nuestro presente y del  futuro que ese presente contiene “como una semilla de bellota contiene al árbol”.
Las hadas hechizan a los jóvenes, oscurecen sus vidas con pruebas —muchas veces caprichosas—, o castigos. Esta situación siempre es el conflicto a resolver. Von Franz, con una prosa sencilla y exquisita, devela cuál es el conflicto, social o individual, que el inconsciente colectivo ha fijado en tales hechizos, y la herramienta psicológica adecuada para resolver cada uno de ellos.
Si ocurre que nos encontramos convertidos en dragón, o en asnos. Si alguien, bajo pena de muerte, nos ha prohibido hablar durante una década. Si sólo podemos alimentarnos de flores, o vestir siete camisas, o descubrimos que en lugar del brazo izquierdo tenemos un ala cisne;  la Señora de las hadas, como quien coloca lámparas en un socavón, ilumina las sombras, indica el camino para liberarnos, redime.

* ”El mensaje de la mitología” Joseph Campbell (conferencia)
 “Semblanza de Marie Louise Von Franz” Juan Carlos Alonso

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Símbolos de Redención en los Cuentos de Hadas, M. L. Von Franz (1ª conferencia)

Del ruiseñor al ocaso (columna de opinión)







“En voz baja, la arcilla dijo al alfarero que la amasaba: No olvides que fui como tú. No me maltrates” 
CuartetaXLV, Rubayat 
Omar Khayyam

Umar ben Ibrahim vivió en el siglo V de la Héjira, XI para los cristianos. Umar hijo del Fabricante de Tiendas es conocido y admirado en occidente como Omar Khayyam, científico y poeta.
Vivió en la ciudad de Nishapur —Irán—, donde nació; en Balj —Afganistán—, donde recibió de sus maestros la instrucción que serviría de base para escribir los tratados científicos con los que luego descollaría; en Marv —Turkmenistán—, única ciudad que llegaría a ser más populosa que Constantinopla donde dirigió la construcción de un observatorio astronómico, del que estuvo a cago durante años, por orden de su sultán Malik Shah I; y en la fabulosa, mítica y a la vez real Samarcanda —Uzbequistán— hoy declarada Patrimonio de la Humanidad, donde impartiría clases tanto de medicina como de filosofía, tanto de álgebra, geometría y astronomía, como de música e historia.
Se lo cree amigo en su juventud de Hassán ben Sabbán, luego fundador de la secta de los Hashishin —de allí nuestro vocablo asesinos—, los Consumidores de Hachís, acérrimos enemigos de los cruzados. Se lo sabe experto en las enseñanzas tanto de Plotino —Platón—, como de Pitágoras, de quien se supone además de asimilar sus conocimientos científicos habría adoptado su mística.  Como astrónomo desarrolló un calendario cuya exactitud sobrepasa al gregoriano y son invaluables sus aportes en el área de las matemáticas, campo donde algunos de sus conceptos deberían esperar 800 años para ser demostrados en occidente.
Luego de realizar la peregrinación a la Meca y ya fallecido su padre, su lúcida inteligencia desbordó hacia la poesía. Compuso numerosas obras entre las cuales destacó sus Rubaiyat —cuartetas—. El manuscrito más generoso le atribuye quinientas —el primer, segundo, y cuarto verso rimaban entre sí—, número escaso para que en la Persia de entonces se lo considerara poeta. Esta obra es disfrutada en forma masiva por los lectores occidentales a partir del siglo XIX, cuando el inglés Edward Fitzgerald las traduce y “organiza” de modo que al “principio estén las imágenes de la mañana, de la rosa y el ruiseñor, y al fin, las de la noche y la sepultura”.*
En sus Rubaiyat descubriremos su particular sentido religioso:  “En los monasterios, sinagogas y mezquitas se refugian los débiles temerosos del Infierno. Pero el hombre que ha experimentado el poder de Dios, no cultiva en su corazón las malas semillas del miedo y la súplica”. Su grito desesperado invitándonos a aprovechar el instante que es la vida: “Cuando tuve sueño, la Sabiduría me dijo: Las rosas de la Felicidad nunca han perfumado el sueño de nadie. En vez de abandonarte a este hermano de la Muerte, ¡bebe vino! ¡Tienes la eternidad para dormir!” Es de destacar el uso de mayúsculas para las palabras sabiduría, felicidad y muerte, mayúscula escatimada a la eternidad. Descubriremos así mismo los pozos de su fe o la falta de ella como muchos afirman:  “¡Infeliz: nunca sabrás nada! jamás resolverás ni uno solo de los misterios que nos rodean. Desde que las religiones te prometen el Paraíso, intenta crearte uno en esta tierra, porque el otro quizá no exista” Su pesimismo pero también su lucha y rebeldía:  “Mira alrededor de ti. No verás más que aflicciones, desesperación y angustia. Tus mejores amigos han muerto. La tristeza es tu sola compañera. Pero ¡alza la frente! Y abre las manos para tomar lo que deseas y seas capaz de lograr. ¡Sepulta el cadáver de tu pasado!”. Su sentido de la felicidad y la belleza:  “¿En qué meditas, amigo? ¿En tus antepasados? Polvo en el polvo. ¿En tu gloria? Déjame sonreír. Toma este cántaro y bebamos escuchando sin temor el gran silencio del Cosmos”.
En honor a sus méritos como astrónomo durante el siglo XX se nombró Omar Khayyam a un asteroide, de modo que ahora el poeta persa tiene una casa semejante a la del Principito. Canta su alegría el ruiseñor. Del mismo modo se bautizó con su nombre a un cráter lunar. Un cráter, un vacío de luna. El ocaso. Nada.

*El enigma de Edward Fitzgerald, Otras inquisiciones, Jorge Luis Borges, Edición especial para la Nación, Emecé Editores S.A. Pg 97
Rubaiyat, Omar Khayyam, Edicomunicación S.A., 1994, colección Fontana, traducción Pedro Ramírez Cueto




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Sherezade (columna de opinión)





Corre el sofocante último verano en esta Córdoba del cono sur que habito, cuando la escritora española Elena Casero me hace un regalo. Aquél mágico, especular, que es el más preciado para mí: un libro. Elena Casero me obsequia su libro de cuentos “Discordancias”, editado por Talentura.
Discordancias, que debió atravesar el Atlántico para llegar a mis manos, es el Atlántico. Tempestuoso por su contenido, bello por su prosa limpia. Puesto que me confirma en mi vocación lectora,  lo juzgo imprescindible.
Como una Sherezade del siglo XXI, Elena Casero escribió un libro de cuentos que es todos los libros de cuentos, donde los personajes somos nosotros. Los que fuimos, los que vamos a ser, los que podríamos o quisiéramos haber sido. Logra que el lector se sienta inconmensurable como el Atlántico; se adivine impar, peligroso, rechazado como un monstruo marino, se reconozca  predecible como sus corrientes y, sin embargo, también una maravilla imprevisible y evanescente como los reflejos de la espuma de su oleaje.
Discordancias está compuesto por diecinueve cuentos, diecinueve ficciones cuya función es interpelar. Aquí está el arte de narrar, en la cuidada construcción de estos diecinueve laberintos levantados para perdernos hasta dar con nuestras debilidades: “…será mejor dejar salir un porqué detrás de otro antes de que me arrastren en su corriente y me ahogue en mi propia angustia”. Laberintos que se yerguen, incluso, para hacer blanco en el afuera, en el paisaje que aún compartido cada cual ve a su modo. “Un bar donde la gente va a ahogarse en alcohol y vomitar el dolor en una esquina. Así noche tras noche, día tras día hasta que en uno de los vómitos el corazón es arrastrado por la bilis”.    
Desde luego y como el espejo de vida que es y del que hablábamos al comenzar esta breve reseña, en Discordancias hay lugar para la ironía fina y el humor, quizá amargo, pero humor al fin: “¡Cuán imbéciles somos los hombres al creer que, con al edad, ya tenemos derecho a titularnos como especialistas!”
Diecinueve argumentos que, tanto en clave realista como fantástica, son el argumento del discurrir humano.
Propongo un juego, con los ojos cerrados imaginemos un cielo nocturno, un claro en un bosque y un fuego. Imaginémonos junto a otros, en cuclillas, dispuestos en rueda alrededor del fuego. Una sencilla piel curtida cubre nuestra desnudez. La piel nos protege del frío, el fuego de la oscuridad y algunos amuletos tallados en cobre, hueso o marfil, de los demonios hostiles. La voz del anciano narrador de historias es, sin embargo, la mejor protección. Esa voz, la única   que  perfora la noche, nos resguarda de nosotros mismos.
Abro los ojos. “Cada vez que la veo sentada en el borde del sofá, con las manos cruzadas sobre el regazo en actitud de que el mundo la consuele…” La primera frase del primer cuento de Discordancias alza vuelo.






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Espejos (columna de opinión)





Sin advertirlo, fui creando en mi vida un espacio para llaves sin dueño, para llaves que no abren ninguna puerta o, en todo caso, sólo abren las de la memoria. Una de ellas por ejemplo, abre, abriría, mi casa. La casa donde viví desde los 3 años hasta los 17. Donde aprendí a leer, donde me visitaba mi novio, donde fui a pasar un verano con mi esposo y mi hijita recién nacida. Mi hijo menor no la conoció, ya se había vendido.
La casa donde aprendí a amar todo lo que aún amo y a ser generosa y paciente con esos amores, al principio, sólo  nos tenía a nosotros: papá, mamá y yo. Era la única en nuestra manzana. Alrededor, el monte, y un poco más allá, las sierras que mirábamos desde las ventanas. En verano, verdes, azules en invierno.
Para impedir que entraran los burros papá plantó tras la cerca, baja, de ladrillos, un arbusto de madera muy dura, espinoso, que producía unos frutos minúsculos de un color rojo encendido, venenosos. Llamábamos gratevus a tal arbusto. Hace pocos años supe a través de un artículo publicado por la escritora Cristina Bajo, que su nombre botánico es Crateaus, nombre latino de Kratevas, médico, asesino y escritor que vivió en el siglo I a de C. Kratevas experimentaba con venenos que usaba en esclavos o enemigos de su rey, Mitrídates del Ponto. Luego describía los horrorosos padecimientos de sus víctimas con una prosa elegante y poética. Leerlo, contemplar esta aventura maravillosa que es el hombre desde su costado más oscuro y siniestro, es sumirme en la más profunda desesperanza. Y también respetar, y temer, y apiadarme, de esa desconocida que me mira desorbitada desde el espejo.  
Tras la cerca, en la vereda, ganaban altura tres olmos. La calle, entonces de tierra apisonada,  lleva por nombre Monteagudo. Bernardo de Monteagudo,  otro escritor. Revolucionario, periodista, político feroz y militar independentista argentino del siglo XIX. Autor del primer ensayo para lograr una Federación de los Estados Hispanoamericanos.  Murió a los 35 años, asesinado en Perú por quienes odiaban tanto la radicalización de sus ideas como su denodada pasión para llevarlas a término. Si toda vida es una odisea, una lucha esforzada por llegar donde sentimos, sabemos, nos corresponde; Monteagudo, viajero incansable a través de esta América Latina que soñaba unida sin importar el costo, su controversial figura, es un ejemplo paradigmático de ello. Este mártir con mácula, serena mi reflejo y me reconcilia con él: demuestra que la oscuridad está pero no es irreductible.
Así como las sierras, de un color y de otro. Así como una casa solitaria pasa a ser otra más en la ciudad recién estrenada. Así como el departamento donde escribo estas líneas soñando volver a un hogar que ya no existe. Así  como esta llave cuya inutilidad no le impide tener un peso determinado sobre mi palma y entibiarse al contacto de mi piel. Así como se aprende, aprehende, que el amor y el recuerdo del amor son el mismo sentimiento. Así como el monte, cualquiera puede advertirlo en las grietas del asfalto, espera paciente el retorno de su tiempo. Así, ves, de esta materia ambivalente, contradictoria, cambiante y, sin embargo, circular, ha sido hecha la vida y su reflejo. 






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Credo (columna de opinión)





Me asomo a la a la ventana infinita que es la red y veo, en distintos sitios y momentos, cuatro imágenes.

-Una hamaca vacía y su sombra, foto en blanco y negro.

-Una niña que se columpia sobre cierta ciudad, la cual se adivina imponente a sus pies. La hamaca cuelga de un cielo límpido, profundamente azul. Ella se ve de espaldas, remera rosa.

-En un bosque denso, oscuro, tétrico, una joven, sentada sobre una hamaca quieta, aferra sus manos a sendas cadenas que se sostienen de una rama. Viste túnica blanca. El dibujante la ha retratado de frente, descalza, con la cabeza gacha y el cabello sobre el rostro.

-Una mujer duerme acurrucada sobre una hamaca. A sus espaldas se observa un enorme reloj antiguo cuyas horas se señalan  con números romanos.


DamasArt

Sueño diferentes realidades, posibles e imposibles. Espero que el destino venga a mi encuentro. Me dejo estar.  Que trabajen otros. Anestesio el dolor hasta que los recuerdos se amansen. Mientras aguardo que Zeus decida preñarme de un héroe, tomo una siesta. No logro quitar esta pesadilla, me adormece, me cubre como una manta.



Suellen
El hocico húmedo, afilado, maloliente de la noche; no me amenaza, no me asusta, no tengo nada que perder. El agujero negro de la culpa ordena guarde silencio. Reunión de alimañas, han olfateado a mi fantasma. Podría levantar cabeza, si quisiera.




Con la frente en alto bebo el mundo de un trago. El universo, amable y bello, gira en torno de mí. Disfruto. No camino, me deslizo. Tengo quien me cubre las espaldas. Soy la Cenicienta de última hora, la que se calza el zapato que gentilmente ofrece el paje. Liviana como una pluma, sólo mi corona de reina hará peso.


Estuve aquí, desconozco por qué no salgo en la foto. Estuve aquí hace mucho tiempo, no recuerdo haber sido feliz. Estuve aquí, esperándote. Estuve aquí aunque no me creas. Estuve aquí una mañana hermosa, el globo naranja del sol se levantaba tras la sierra. Estuve aquí con mi hija, su mano pequeña en la mía. Estuve con mi hijo, cantábamos un tema de La Renga. Estuve aquí con vos. Estuve aquí hace mucho tiempo, desde entonces no soy feliz. Estuve aquí, la sombra asiente. Mi sombra. Mi sombra sola. Ausencia.  

Creo que el arte me representa. Creo que el arte me representa siempre.

Creo en el “ba”, energía personal imperecedera, del que hablaban los antiguos egipcios. El ba de un faraón era su poder, el de un sabio, su espíritu. Creo que el mío es la imaginación.
  
 yoyoyoyoyoyoyoyooyoyoy…

"Me celebro y me canto a mí mismo.
Y lo que diga ahora de mí, lo digo de ti,
porque lo que yo tengo lo tienes tú
y cada átomo de mi cuerpo es tuyo también.
...y no terminaré mi canto hasta que muera."

                                           Walt Whitman




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La imagen del columpio sobre la ciudad y de la sombra han sido tomadas de la red, desconozco su autoría

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Vencer el miedo (columna de opinión)




“Con este fantasmal librito he procurado despertar el espíritu de una idea, sin que provocara en mis lectores malestar consigo mismos, con los otros, con estos días de fiesta, ni conmigo. Ojalá alegre sus hogares y nadie sienta deseos de verlo desaparecer”.
Buen deseo con el que Charles Dickens (1812 – 1870), a modo de prefacio, abre una de sus novelas, nouvelle diríamos más apropiadamente, ‘Cuento de Navidad’, también conocida como “Canción de Navidad”. De todas las ficciones acerca de este festejo y conmemoración, ésta, de éxito inmediato, quizá sea la más famosa.  Ahorraremos al lector de la presente columna una síntesis de la trama que, se descuenta, conoce de sobra. Resaltaremos, sí, que fue llevada tanto al cine como a la televisión —con, incluso, versiones animadas en ambos medios— innumerables veces, del mismo modo que al teatro —donde también fue representada como comedia musical—.

Viendo cómo caía desmayadamente la enorme y sucia nube oscureciendo todo, se hubiera pensado que la Naturaleza habitaba por allí cerca y en ese momento se encontraba elaborando cerveza en gran escala”.
Cuento de Navidad contiene todas las características que hacen a la obra de su autor, por ejemplo, un contenido metafórico sobresaliente como el que acabamos de leer. La  personificación de la naturaleza a través del uso de mayúscula, no es casual. El clima y los distintos escenarios que acompañan el devenir del argumento, son tratados con el cuidado que corresponde a un personaje cuya importancia es relevante. El respeto por el entorno es parte constituyente de la gran sensibilidad de Dickens, sensibilidad que, a la hora de escribir, le acarreó no pocas críticas.

Cierto también es que Scrooge tenía tan poco de eso que se llama fantasía como cualquier hombre en la City de Londres, incluyendo —que ya es decir— la corporación municipal, los concejales y los miembros de la Cámara de Gremios”.
Parte destacable de esa sensibilidad a la que hacíamos referencia es la social. Habiendo sido un niño, como tantos en aquella dura época victoriana, obligado a trabajar en una fábrica desde muy temprana edad, nuestro escritor desprecia la injusticia evidente de la sociedad que lo alberga y a aquellos que la perpetúan: el aristócrata o burgués sin conciencia y los gobiernos que medran en tan miserable carencia. Cerca del final de la primera estrofa —recordemos que así es como está dividido el libro, no en capítulos— Scrooge, el protagonista, se asoma a una ventana y ve pasar fantasmas en pena:
“Todos llevaban cadenas …unos cuantos (tal vez gobiernos culpables) iban encadenados e grupo”.
Y aún va más allá.  En el final de la tercera estrofa personifica a la Ignorancia y a la Necesidad como dos niños que claman al cielo contra los hombres que son sus progenitores. El Espíritu de la Navidad Presente, quien guía a Scrooge por esos momentos, advierte —a Srooge y a quien lea atentamente— acerca de los riesgos que entraña sacar rédito de tal indefensión:
“…empeóralo todavía más. ¡Y aguarda el final!”
A pesar de tener su origen en un hogar en el que sobraban las desdichas, Dickens apuesta, con esa responsabilidad suya hacia todo asunto humano, a la unión familiar. Abundan las citas en las que hace referencia a permanecer unidos, abuelos padres y nietos, aunque la enfermedad y la pobreza muerdan con ferocidad. Unidos y felices porque es esa unión la que llama a la dicha.
“Un hombre muy viejo y una mujer, con sus hijos y los hijos de sus hijos, y otra generación posterior… El viejo, con una voz que apenas sobrepasaba el ulular del viento en la yerma extensión, les cantaba un villancico que ya era muy antiguo cuando él había sido niño, y de vez en cuando todos le acompañaban a coro. Cuando los demás unían sus voces, la del viejo se volvía más alegre y potente…”
Dickens sabía que una familia es una institución disfuncional, haber sufrido en carne propia tal disfuncionalidad no alcanzó, sin embargo, para volverlo contra ella. Confiaba y deseaba  que los seres humanos, aunque fuese una sola vez al año, nos reuniésemos a cantar, a jugar, a tolerar el bullicio de la niñez (de lo que él supo pues tuvo 10 hijos), a valorar y alabar con palabras que todos oigan el trabajo aún hoy menospreciado de la esforzada ama de casa, a compartir con dicha, con benevolencia, lo poco. Benevolencia, familia, amistad, aún en la distancia:
“Y todo hombre a bordo, despierto o dormido, bueno o malo, había tenido una palabra más amable para los demás en ese día que en cualquier otro día del año; y había compartido en alguna medida el festejo; y había recordado a sus seres queridos, y había sabido que ellos se acordaban de él”.

“Tienes demasiado miedo al  mundo” dice a Scrooge una novia que pierde a temprana edad —lo abandona— por causa de su avaricia. Será viejo cuando, para su bien, comprenda que “…Es una ley de la compensación justa, equitativa y saludable, que así como hay contagio en la enfermedad y las penas, nada en el mundo resulta más contagioso que la risa y el buen humor”

Comenzando la segunda estrofa, al hablar del “visitante ultraterrenal” que visita a Scrooge, Dickens se dirige al lector:
“Estaba tan cerca de él como yo lo estoy de ti, lector, y créeme que, en espíritu, estoy a tu lado”.
Así lo siento, Señor Dickens. Así lo siento.

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Arturo y la neblina del origen






Corría el siglo XII  cuando un monje católico galés, Geoffrey de Monmouth, escribió su “Historia de los Reyes de Britania”, genealogía  que dispuso con varios propósitos, entre los cuales se contaba exaltar las hazañas y desventuras de un héroe celta, Arturo. El rey Arturo habría sido quien triunfara en el siglo V (otros dicen que en el VI)    en la guerra que enfrentó a su pueblo  contra los invasores  sajones. Así recuerda Jorge Luis Borges, en una estrofa de su obra poética, este largo enfrentamiento:

“Sus ídolos y ejército el duro
sajón sobre los huertos de Inglaterra
dilató en apretada y torpe guerra.
Y de esas cosas quedó un sueño: Arturo”

Esta confrontación, obviamente, aconteció  en tierras britanas de las que Gales formaba parte.  La Historia de los Reyes de Britania cimentó el desarrollo de aquello  que en literatura se ha dado en llamar  la “Materia de Bretaña”, o como se conoce popularmente, la Leyenda del rey Arturo. Es a partir de dicha leyenda que comienzan a escribirse a partir del siglo XIIl las llamadas novelas de caballería, masivamente consumidas. Tal como sucede en la actualidad con algunos  personajes del cine o la televisión, la gente bautizaba a sus hijos con el nombre de los caballeros que protagonizaban sus libros favoritos, y tanto jóvenes como adultos sellaban pactos constituyendo órdenes como leían   en aquellas páginas.  La materia de Bretaña, además de imponer sus ideales a la sociedad medieval, inauguró el género literario que hoy cuenta con el más amplio mercado: la novela.
Aquellas famosas novelas de caballería hallan su cumbre  a principios del siglo XVII (1605) con la publicación de “El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha” escrita por Don Miguel de Cervantes Saavedra y considerada la mejor novela de todos los tiempos.

Cuánta será la popularidad de esta leyenda que  Gran Bretaña exhorta a su población a tomar parte en la Primera Guerra Mundial con un afiche en el que se veía a un hombre que, vestido como un guerrero medieval y montando un caballo rampante, clavaba una espada en el pecho de un dragón. Dicha ilustración se encontraba enmarcada por la siguiente frase: BRITAIN NEEDS YOU AT ONCE Britania te necesita de inmediato.

Intelectuales contemporáneos al auge de las novelas de caballería, como Alfonso X (1252 – 1284)  en España, denominado “El Sabio “ o Dante Alighieri (1265 – 1321) en Italia, no dudaron de la existencia del rey, sin embargo la ciencia aún no está en condiciones de aseverarlo. Historiadores y arqueólogos buscan el dato fehaciente, aquellas piedras, aquel signo, que no deje lugar a dudas. Ni unos ni otros han sido capaces de hallar, hasta ahora, la referencia incontrastable. Arturo, el hombre, si existió, se oculta tras el velo que la ficción construyó para él. Tal vez sea en la trama de ese velo donde esté escrita la respuesta, por qué Arturo fue y es, en la imaginación popular, un rey que supo reinar mejor que Carlomagno, un líder cuya capacidad de mando superó a la de Julio César.

Arturo, el héroe que a juzgar por la gran cantidad de obras artísticas que continúan recreándolo, aún necesitamos.

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Alerta, thugs a la vista (columna de opinión)





Mi primer novela, leída a la edad de once años, lleva por título “Los Misterios de la Jungla Negra”. Su autor, Emilio Salgari. Mi primer gran novela,  gracias a la cual leí todas las que siguieron, se desarrolla en India. Desde entonces sueño conocer  ese país continente, esa selva superpoblada, esa violencia que engendró a Mahatma Gandhi, esa contradicción. Si es cierto que detrás de todo lector empedernido duerme un escritor que puede o no despertar, quizá, además de mi pasión lectora y estas ganas de atravesar mundo, deba a Salgari, también, las líneas que aquí florecen o marchitan, según se vea, ya que no son líneas escritas para honrar el recuerdo romántico de una adolescencia recién estrenada, no, son las líneas que me dicta una urgencia.  
Los Misterios de la Jungla Negra (1895) tiene, como la época  exigía a toda novela de aventuras, personajes buenos y malos bien definidos. Los malos de aquella jungla estaban dentro de un mismo lote: la secta de los thugs. Asesinos, fanáticos religiosos que mataban a sus víctimas por estrangulamiento. A los thugs no los inventó Salgari, los orígenes del clan pueden rastrearse hasta la edad media. El imperio inglés afirmó en su momento haber “aplastado categóricamente” a los thugs, podemos creerle, es usual que los imperios terminen con aquello que desean terminar. No existen más como secta, sin embargo, no es cuestión de dormir tranquilos. Estoy dando una alerta.
Un thug nacía thug, o era un huérfano criado por ellos desde niño. Nadie se volvía thug.
¿Nadie se volvía malo?
¿Nadie, entre los que se suponían buenos, traicionaba?
Quizá así fuera en las novelas de Salgari. Lamentablemente, la realidad hoy las contradice. Saldría ya mismo, como una insignificante Diógenes del cono sur,  a preguntar dónde hay un hombre decente… que no haya sido estrangulado.
No hablo del estrangulamiento amoroso, de pareja, de ese lazo que aprieta provocando un ahogo que pone a correr lágrimas por nuestras mejillas como ríos de sal ardiente, que nos lleva a descreer  primero de nuestros dioses y luego de nuestra esencia para ponernos, por último, a dudar de la imagen que nos devuelve el  espejo. No traiciona quien creyó, sinceramente, amarnos. No traiciona quien creyó, sinceramente, que su amor lo sobreviviría.
Hablo del que traiciona ética, moralmente. Hablo del lazo criminal que sostienen unas manos que juzgábamos de confianza, amigas. Hablo de esa traición que, sin habernos llevado previamente hasta allí, nos abandona a merced de un desierto incomprensible, con vidrio molido en la boca y los ojos secos como el fondo de un lago fantasma.
Los thugs de Salgari mataban porque así lo ordenaba su diosa. Los thugs en India, bajo pretexto religioso, mataban para robar. Sin embargo, tenían un límite: sólo se quedaban con aquellas cosas que tuvieran valor económico. También eso ha cambiado, el lazo hoy carga mayor poder. No sólo enturbia la mirada de la víctima sino de cuantos la rodean, poniéndola en riesgo de perder desde su  trabajo hasta sus afectos. Todo individuo que porta tales lazos, que acusa tal carencia de empatía, tal comportamiento aberrante, para mí es un thug. La palabra traidor, mezquina como es, le queda grande. 






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La pasión de las pasiones (columna de opinión)








Leo estos versos de la escritora argentina María Rosa Lojo: “Allí el descanso, la dicha incorruptible/ Allí el león y el cordero pacen juntos”.
Levanto la vista del papel y miro sin mirar, preguntándome si tal sitio existe y si, en todo caso, yo estuve alguna vez en ese “allí”. Busco en la memoria el recuerdo perfecto, aquel lugar edénico al cual ni siquiera una esquirla de dolor haya rozado. Cierro los ojos y ahí está aquel sitio, aquel cielo metafórico de “dicha incorruptible”, aquella tierra de comunión, la de todos, ya que provoca una sonrisa pensar que nadie es tan desdichado como para no aceptar que en algún momento de su vida, fue perfectamente feliz.

La poesía de Lojo se completa de esta forma: “Allí me miro en el espejo de Dios/ por siempre amado, tal como fui hecho/ Allí yo lo era todo y era en todo/ allí era, Maestro, ¿por qué me devolviste?”
Poesía que lleva por título “Dijo Lázaro, que volvió de entre los muertos”*

Si no comprendo mal, la voz poética, a través de un personaje perteneciente a   la tradición cristiana, declara que aquella felicidad sin fisuras que tanto anhela su lector, que con tanto denodado esfuerzo persigue, “no es de este mundo” y resulta, entonces, inalcanzable.
Aprecio y disfruto la extraordinaria armonía a través de la cual esta voz lírica  se expresa, no acuerdo con su reflexión implícita, o con la reflexión que en mí surge a través de su lectura.
Como un místico cree en sus dioses, creo que el león y el cordero pacen juntos cada vez que el amor amanece de estreno. Cada vez que su pasión quema en un incendio purificador cuyo holocausto vuelve a sus víctimas inocentes como niños.
Bajo la potestad  amorosa y ardiente de esa flama, supeditados a ese mordisco que en vez de quitar entrega, todos somos, o alguna vez fuimos, gigantes. Gigantes por grandes y fuertes, por nobles, por valientes, ya que la prudencia, esa vieja mañosa, aún no nos había empequeñecido.

Cierta vez  escribí en una ficción brevísima, “El amor accede y aun la palma de un dios resulta trono insuficiente”. Con aquella voz narradora coincide quien ahora suscribe estas líneas.



*Bosque de ojos
Microficciones y otros textos breves
María Rosa Lojo
Ed. Sudamericana (2011)
Página 35





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El arte de la guerra (columna de opinión)






Se eleva en Tottori, Japón, una estatua que honra la vida de cierto general chino que no existió, Sun Tzu, a quien se le atribuye haber escrito, durante el siglo V a.C., sobre bambú, un tratado que denominara “El arte de la guerra”.
Sin importar quién lo haya escrito ni en cuál época (siglo III a.C. supone actualmente la Historia) es de destacar que esta obra, llegada a occidente poco antes de la Revolución Francesa y desde entonces materia de estudio militar, promediando el siglo XX comenzó a ser estudiada también por empresarios, comerciantes, estadistas, y en general por cualquiera que desee dominar algo o alguien.
“El arte de la guerra” comienza así:

La guerra es un asunto de importancia vital para el Estado; un asunto de vida o muerte, el camino hacia la supervivencia o la destrucción.

Si nos atenemos a la lógica de  este texto, “nuestra” supervivencia implica, necesariamente, la destrucción del “otro”.
Aquel que desee conocer la obra pero no esté dispuesto a invertir tiempo  en informarse a través de una lectura disciplinada, podrá averiguar, con suma facilidad a través de la red, que para comprender su esencia basta saber lo siguiente: todo el Arte de la Guerra se basa en el engaño.

General Sun Tzu, en caso de que un refugiado llegase a mi ciudad, será uno de los nuestros o de los otros? Constituirá el eslabón más débil de los nuestros? Podría ser considerado como una baja de los otros? Si resulta que este otro se empeña en no declararse muerto, cuál será la mentira más eficaz a los efectos de detenerlo, neutralizarlo, destruirlo?

Siendo pequeña mi padre me regaló una colección de doce libros denominada “Mi libro encantado” (Editorial Cumbre, México D. F., edición 1962). En el volumen VII, junto a autores como Lope de Vega, José de Espronceda y Jacinto Benavente, se halla La Buena Palabra, poesía escrita por el escritor argentino Arturo Capdevila. Transcribo la última estrofa: 

Un agua fresca de perdón de hermano
 vuelca en el odio de carbones rojos.
Con sus cenizas, límpiate la mano
 y lávate con lágrimas los ojos.

Sun Tzu, Don Arturo Capdevila y yo somos, para usted, el otro.
Sun Tzu, de este lado hay mucha gente.




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Puertas abiertas (columna de opinión)





Según informa la prensa, este año el número de estudiantes extranjeros en Córdoba, Argentina, se ha elevado al doble. ¿Acaso  el bien ganado prestigio académico del que goza su Universidad Nacional alcanza para explicar este fenómeno? Creo que no.
Ítalo Calvino, uno de los más grandes escritores que nos regalara el siglo XX,  escribió entre otras obras, Las Ciudades Invisibles, un libro maravilloso e inclasificable al que aludió diciendo: “Creo haber escrito algo como un último poema de amor a las ciudades, cuando es cada vez más difícil vivirlas como ciudades.”  En este texto Marco Polo, el explorador, refiere al soberano, Kublai Jan, las ciudades de las que su imperio está constituido. El genio de Calvino nos describe a través de la voz de Marco ciudades que, aún siendo diferentes entre sí,  tienen un par de características en común, son todas y cada una de ellas inventadas y singulares.  
Atendiendo a las palabras que  cierran el libro, “buscar y saber quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacer que dure, y hacerle espaciocreo que esta magnífica afluencia de juventud extranjera demuestra que Córdoba  es, para horror de los xenófobos, ese “no infierno” del que tan breve, sutil y certeramente, siempre a través de Marco, nos hablara Calvino.  Es de desear que en un mundo donde cada gran ciudad se cierra dentro de sí misma, (al modo de las antiguas fortificaciones medievales, sólo que ahora son  ultramodernos los fosos, los muros y los dragones custodios) este ejemplo pueda expandirse para que, bajo el único amparo de nuestra condición humana, logremos negarnos a una globalización que homogeneíza barriendo particularidades, que desarrolla niños temerosos de mostrar individualidad en sus creencias, sus ropas o su acento al hablar. 
Históricamente, Kublai era el rey de los mongoles (nieto del gran conquistador Gengis Kahn), pero Marco Polo en su  libro de viajes lo denomina el Jan (rey) de los tártaros. La literatura siempre ha respetado esta denominación. Quizá esta hora sea oportuna para que la realidad copie a la ficción. Digamos tártaros por mongoles conscientes de que es igual. Un pueblo, cualquier pueblo, todos los pueblos.
Pese a que en el inmenso territorio del imperio tártaro/mongol de “Las Ciudades Invisibles” algunas de ellas reverberan melancolía, peligro y muerte, quien desee arribar a una de las formas de la verdad a través de la belleza haría bien en leer este libro.







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